La Coctelera

Categoría: O

12 Noviembre 2007

ORNETTE COLEMAN. Ayer en Madrid

Hola a todos. Ya volví de Nueva York y reabro este blog con un acontecimiento que me ha superado. Ayer, a las 20:00, el tipo que véis en la foto, de 77 años, salió así vestido al escenario del Centro Cultural de la Villa de Madrid con pasitos cortos, de abuelo mayor, arropado por dos contrabajistas, un batería y un guitarrista.
Acto seguido se desató una la tormenta de viento, de arena y de piedras, demostrando que lo único antiguo en Ornette Coleman es su cuerpo. Ya se sabe que para esta clase de figuras viene muy bien tirar de estándares tipo "el padrino del free-jazz" o "el mejor saxofonista vivo". Lo jodido en este caso, es que cualquier mierda de esas es tan cierta como que Al Gore me parece un jeta (aunque su discurso sea necesario) o que el público de Interpol empieza a ser tan anodino como el de Coldplay.
Todos los sentimientos que el corazón de una persona puede generar, los presentó Ornette Coleman ayer, sin mover un solo músculo, de la mejor manera que un humano puede hacerlo: con la humildad del que sabe más que nadie y aún así cree que tiene todavía mucho que aprender.
No sé los nombres de las canciones que tocó, no sé si tocó algo de sus primeros discos o del último, no sé si tocó algo que nunca hubiera tocado antes; esto no es una crítica periodística de un hecho, sino un intento de quitarme el nudo en la garganta y en el estómago que este abuelo de Texas se encargó de apretar durante una hora y poco ayer por la noche.
Después del primer bis, con el mismo paso lento que olía a revisión médica y a colesterol alto, se retiró y a alguno se nos cayeron las lágrimas como cuando nos dijeron que nuestro abuelo había muerto: es una idea que tienes que asumir (el concierto tiene un principio y un final), pero hubieras dado lo que fuese por haberle visto diez minutos más. Porque a estas edades uno ya no sabe si habrá próxima vez.
Ver este tipo de cosas -gente que consigue expresar y cocinarte por dentro un batido de ideas o sensaciones que no conocías-, me obliga a sacar conclusiones mucho más monumentales que de costumbre. Haber visto a Ornette Coleman significa para mí algo así como que ahora tengo la obligación de ser mejor persona, más humilde, hablar menos y trabajar más, ofrecer los pocos talentos que pueda tener para causas bonitas y recuperar la fe en el poder real y tangible de la música. Pero de la música que importa.
Ayer un abuelo negro y serio que alternaba el saxo con una trompeta y un violín dejó claro que la fuerza no está en la edad, sino en las ideas. Y en cómo se conserven esas ideas dentro de la lata menguante que son nuestra piel y nuestros huesos. Porque hay que tener las cosas muy claras y haber sufrido mucho para hacer lo que hizo Coleman ayer en Madrid.

NOTA: Y antes de que alguien tenga la tentación de acusarme de elitista, esnob y el resto de adjetivos asociados tradicionalmente a los que disfrutan del jazz, os invito a que escuchéis la música de Ornette Coleman. Ayer fui al concierto con una persona no precisamente experta en jazz y que no había escuchado nunca a Ornette Coleman. Y salió del teatro absolutamente del revés. Es decir: que no hace falta saber nada de jazz, no hace falta tener ninguna discografía completa ni ninguna edición de The Penguin Guide to Jazz Recordings para saber que cuando alguien tiene delante a alguien (o a algo) como Coleman, uno está ante una cosa muy seria, ante una cosa irrepetible.

Por si alguno quiere poner música a mis palabras, nunca es tarde para escuchar estos discos:

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