IRON AND WINE. The Shepherd's Dog
Sello: Sub Pop
Distribuición en España: Everlasting
Fecha de edición: Octubre 2007
Formato: CD y LP
8,5/10
Menos mal que dejé de escribir durante un tiempo para escuchar bien los discos (y para leer y para viajar y para sacar mi disco con Grande-Marlaska. claro). Menos mal. Porque cuando recibí el nuevo trabajo de Sam Beam, nuevo y aclamadísimo líder de Las Ardillas Mundiales -seguido muy de cerca por Ray Raposa aka Castanets y Ben Bridwell, cantante de Band of Horses -, me pareció un bajón histórico. Pensé que se había vuelto loco, que había renunciado a la belleza mágica y a la paz encantadora de sus trabajos anteriores, especialmente la que encierra Our Endless Numbered Days (Sub Pop, 2004), y se había dedicado a coleccionar ritmos de mierda, casi copiados de los peores discos de bossa y música tropical de los autores que menos importan, para repetirlos en bucle y grabarlos en un flamante iBook último modelo. Pensé que se había pasado al rollo hippy sin gracia ninguna. Pero no.
No suelo confiar en esos "discos que necesitan más de una escucha". A mí los discos que más me han importado en mi vida me entraron a la primera como cuando te ponen una vacuna, en plan rejón, sintiendo el frío de la aguja mientras la zona se llena de un líquido que no pertenece a tu cuerpo y tú te debates entre la vergüenza de gritar y las ganas de soltar un taco seco y sonoro delante de la enfermera, el practicante o quien cojones sea que te pinche. Así me entraron Texas is the Reason, Fugazi, Elliott Smith o Bruce Springsteen. Sin embargo, a partir de ahora tendré que empezar a conceder el beneficio de la duda a cedés que me provocan rechazo, no vaya a ser que dentro de unas semanas me cuelgue a ellos como Charles Barkley al aro de los Detroit Pistons cada vez que Philadelphia jugaba contra Isiah Thomas y compañía (por cierto, que casi todos los jugadores de esa generación están procesados por violaciones, robos, tráfico de drogas o las tres cosas a la vez).
Y de este modo, ahora, como un auténtico zumbado, me pongo el disco para desayunar, comer, merendar, cenar y dormir, y canto a coro y hago así con las manos en la mesa, siguiendo los ritmos sincopados de las percusiones que hasta hoy eran ajenas al folk de libro de Iron and Wine y brindo como un tuno por los riesgos que toma la gente inteligente y por los caminos poco explorados que escogen algunos grupos que admiro porque, en el fondo, aprendo más con una canción de tres minutos que en todos mis años de colegio*.
Vaya, que iba a dejar pasar uno de mis tres discos del año sin nisiquiera inmutarme. De gilipollas integral.
*: Esta frase no es mía, aunque me gustaría. Pertenece a la canción No Surrender de Bruce Springsteen, de su disco Born in the USA (CBS, 1984), donde dice, literalmente: "We learn more from a three minute record/ than we ever learned in school".
NOTA: Entrevistando a Band of Horses en septiembre pasado me enteré de una historia curiosa: Ben Bridwell, el cantante de la banda americana, fue el que pasó una cinta con las grabaciones deSam Beam al capo de Sub Pop, porque Sam era hijo de una amiga de la madre de Ben. Éste todavía tocaba en su anterior banda, los muy recomendables Carissa's Wierd . Sub Pop fichó a Iron And Wine y, más tarde, Band of Horses telonearon al barbas de Beam en una serie de conciertos en el área de Seattle, donde vivían entonces. Ahí fueron vistos por la gente de Sub Pop, que decidieron ficharles también. Historietas que no van a ningún sitio, pero que rellenan huecos.
THE SHEPHERD'S DOG, canción por canción:
1. Pagan Angel and a Borrowed Car. Desde el mismo comienzo con los bajos capados, uno sabe que no está ante otro-disco-más de Iron And Wine. Ritmo casi tribal, ambiente oscuro y violines que van tirando de uno hacia lo oscuro del bosque. Su forma de decir que está contento.
2. White Tooth Man. Muchas guitarras en plan slide, panderetas de fondo y otra vez esa percusión de película de miedo. La melodía de la voz es maravillosa. De cantar una y otra vez. Vaya coros. Más miedo.
3. Lovesong of the Bizzard. ¿Perdón? ¿Esto no suena a bossa de segunda regional? No, es el nuevo folk americano mirando al sur (más al sur que Nueva Orleans, se entiende). De mañana soleada y de rascarse la cabeza. Esta canción huele a césped recién cortado.
4. Carousel. Primeras guitarras eléctricas en todo el disco. Canción puente entre la canción clásica de Iron And Wine y sus nuevos modos. Nada nuevo, pero bien hecho.
5. House by the Sea. Primera canción que verdaderamente me hizo querer escuchar otra vez el disco entera. Esa manera de meter las guitarras sampleadas, ese loop de percusión, ese misterio que lo envuelve todo y esa facilidad por construir un ritmo a galope que va subiendo y subiendo y que te hace mover la cadera cuando estás sentado, como si estuvieras a la grupa de un caballo salvaje. Y, por dios, esa puta facilidad para mezclar voces que tiene este tipo que me deja completamente loco. Historias eternas de amor e incesto.
6. Innocent Bones. Después de lo flipante de la canción anterior, cuesta recuperar el aliento. Quizás por eso esta canción sea la que menos disfruto del disco. No mezcla voces y la melodía no me parece tan impactante. Pero esperaré un mes, no vaya a ser.
7. Wolves (Song of the Shepherd's Dog). Vuelven las percusiones de bosque de madrugada, como lo que escucharían los de The Blair Witch Project si todavía estuvieran dando vueltas en círculos. Las guitarras con slide son igual de acertadas que regalar un libro en Navidad. Y otra vez las voces a coro.
8. Resurrection Fern. Al igual que Carousel, la cuarta pista, esto es puro Iron And Wine de los discos anteriores. Triste, lento y bonito.
9. Boy With a Coin. Segunda canción que te abre en canal, prima hermana de House by the Sea. Otra vez loops de guitarra, de percusión y voces dobladas en melodías que descubren otra belleza, todavía más limpia.
10. The Devil Never Sleeps. El piano y el ritmo es de bar americano de pueblo mediano, de esos que se escuchan mil veces y yo, personalmente, pocas veces disfruto. Entre el blues arrastrado y el rock jurásico.
11. Peace Beneath the City. La canción más templada del disco, con esa guitarra en trémolo infinito y esa percusión a base de palmas y loops y chasquidos de dedos. También muy americana, muy sureña. Reescribiendo a su manera la tradición. Muy chula, en serio.
12. Flightless Bird, American Mouth. La canción descaradamente escrita para el final del disco y para que guste en los conciertos es también la que cumple mejor su función. Precioso vals de los de llorar, con esa voz de comeflores auténtico del que acaba enamorándose la chica con la piel más rosa y los ojos más azules del campus. Dignificaría cualquier baile de instituto y, si me apuras, cualquier boda.

fp dijo
Lo dicho, Pepo: un discazo!
Gran recomendación.
Se agradece.
fp
18 Diciembre 2007 | 01:12 PM