La Coctelera

28 Julio 2008

Pop, serpientes y play-backs

Así ha titulado el periódico Público un artículo que me pidieron que escribiera después de volver de nuestra loca visita a Guinea Ecuatorial para dar 2 conciertos como Grande-Marlaska y 1 como The Secret Society.
Esta es la noticia tal y como ha aparecido en la web del diario: http://www.publico.es/culturas/137867/pop/serpientes/playback

GUINEA ECUATORIAL.

Soy Pepo Márquez, batería de Grande-Marlaska y único componente permanente en The Secret Society. Hace unos días, por coincidencias tan absurdas como importantes, fui a Malabo, la capital de la antigua colonia española, a dar dos conciertos con los primeros y uno con el segundo. No se lo pierdan: cuatro madrileños amistosamente disfuncionales tocando pop rápido (se pueden imaginar cuánta tradición pop hay en aquel país), en una ciudad a medio hacer y en un país que todavía vive bajo la dictadura (enmascarada bajo una ficción de legalidad democrática) de Teodoro Obiang. Esta es la historia totalmente sesgada de nuestra aventura:

Jueves 19 de junio.
14:30 horas. Si las situaciones se miden por cómo empiezan, todo apunta a que este viaje va a ser una catástrofe: falta media hora para irnos al aeropuerto y todavía no tenemos los visados. Estoy al borde de un ataque cardíaco en la puerta de la Embajada de Guinea en Madrid. No le digo nada al resto del grupo (sólo a Malela, responsable de las cuentas de Tres Pies, nuestro sello) para que no se tensen.
19:00 horas. Vamos los cuatro repantingados en el avión, cada uno en tres asientos, porque el vuelo va medio vacío. Me encanta mirar por la ventana. Veo el desierto. Intento adivinar qué sobrevolamos. Me hago mi propio mapa mental y me convenzo de que sobrevolamos Mauritania. Luego me doy cuenta de que lo más cerca que pasamos de Mauritania fue a 1000 km. Bien.
23:00 horas (hora local, una menos). Llegamos a Malabo. Retrocedemos muchos años en un par de minutos. El calor es húmedo. Nos reciben Ricardo y Eloísa. Eloísa es madrileña y la culpable de que estemos allí. Ricardo será nuestro chófer esos días. Es muy negro y me he dado cuenta luego, viendo las fotos: es igual de negro que el fondo negro de las fotos nocturnas. Habla español y se convierte en poco tiempo en nuestra persona preferida en la isla.
0:00 horas. Llegamos al hotel, situado en algún punto del centro de Malabo, pero no nos quedamos en la habitación, sino que nos bajamos al Naity. ¿Qué es el Naity? El bar al que hay que ir. Pizzas y cervezas. ¿Qué cervezas? Mahou. Como en casa.

Viernes 20 de junio.
Por la mañana vamos a Radio Asonga, que resulta ser una de las dos radios más escuchadas de Malabo. Nos hace una entrevista Carlos, un locutor que nos presenta como “la compañía Grande-Marlaska”, como si fuésemos un grupo de teatro. Me encanta y lo propongo al resto para los conciertos en España.
Las calles de Malabo son una mezcla de barro, charcos, coches destartalados y casas bajas. Hago fotos sin criterio porque todo me sorprende.
Hora de comer. Eloísa nos lleva a un restaurante “en plan bien”. Cuando entramos huele a comida en descomposición (lo reconozco porque a veces me da pereza tirar la basura en mi casa y al cabo de los días huele así). Soy vegetariano, así que tengo que vigilar un poco lo que pido. En Madrid, al vacunarnos, nos prohibieron estrictamente comer alimentos no cocinados. Lo primero que hago es pimplarme una ensalada de tomate y aguacate, como un niño de primaria. El sabor no es el mismo. Sabe como a petróleo. Por la tarde, prueba de sonido en el Centro Cultural Español. El sitio es magnífico, un salón de actos moderno. El Centro Cultural organiza cientos de actividades y sirve de punto de encuentro a muchos jóvenes en Malabo. En el despacho de Eloísa hay Internet.
Alguien trae una serpiente que ha cazado en una botella de agua mineral. Estoy a punto de desmayarme del susto.
El orden de actuación de por la noche es primero The Secret Sociey y luego Grande-Marlaska. Yo toco solo y en acústico unas canciones bastante tristes a las que intento quitar hierro cambiándolas un poco el ritmo y haciendo comentarios más o menos desafortunados. En mi cabeza resuenan las palabras de mi hermana: “Como toques tus canciones deprimentes en África te van a echar a patadas, porque son gente pobre pero muy alegre”. Ella vivió un tiempo en Tanzania. El caso es que compruebo que si canto en inglés la gente se dispersa. Si lo hago en español dan palmas. Con la versión que suelo hacer de La leyenda del tiempo de Camarón de la Isla la gente, directamente, se pone a bailar. Alucino.
El concierto de Grande-Marlaska es divertidísimo. La gente no para de bailar y de corear (¿?) unas canciones que estoy convencido que nunca han escuchado. Al final, suben tres niños negros y muy bailongos en Marcador. Se me hace un nudo en la garganta de la emoción mientras toco la batería.
Después del concierto nos vamos todos a celebrarlo a una especie de parrilla camerunesa donde comemos unos pescados que pican como demonios, pero que están buenísimos. Descubro la 33, la cerveza camerunesa por excelencia. Me hago fan absoluto desde el minuto uno. Me bebo tres o cuatro. Son de litro. Nos vamos a dormir extenuados.

Sábado 21 de junio.
Nos levantamos pronto y el procedimiento siempre es el mismo: estamos repartidos en dos habitaciones (Malela y yo en una y Roberto y Marc en otra) y nos duchamos bajo un chorro de agua microscópico, nos lavamos los dientes con agua mineral y nos embadurnamos de loción antiparásitos. Los cuatro olemos fatal, pero evitamos el mosquito de la malaria. Es un negocio favorable, se mire por donde se mire.
Roberto nos lleva a desayunar a un café de aspecto europeo cerca de Radio Asonga. Tardan doscientos años en servirnos y nos hacen la cuenta que les da la gana, pero no nos quejamos. Allí donde fueres, etcétera. Al salir, tratamos de coger un taxi (coches privados destartalados con los que se acuerda el destino y el precio del trayecto) en una esquina. De pronto, pasa un camión cuyo conductor nos saluda amenazante: “¡¡Hola blancos!!”. Se va partiéndose de risa. Cunde un poco el nerviosismo entre nosotros, pero no perdemos las formas. Todavía no sabemos si era una broma o algo más.
Esta tarde tocamos en la plaza del ayuntamiento de Malabo, en una especie de festival. Llegamos allí como a las 19:00 y ya hay montado allí un pollo importante: unas mil personas atestan la plaza. Al parecer “tocamos” como 15 grupos. Lo pongo entre comillas, porque la mayoría hace play-back un par de canciones. El público aplaude igual que si estuvieran tocando en directo, así que todo bien. Por resumir, los estilos que más pegan son, por este orden: el hip hop cliché; los grupos de chicos que hacen rimas palabras tan ajenas como “body” con “party” con “mami” con “lali”, todo el rato; la música autóctona con cantantes que son el equivalente (supongo) a lo que sería en España un Víctor Manuel o un Francisco; y la canción protesta: un abuelo ciego que se marca una canción de 9 minutos absolutamente panfletaria y pro-régimen de Obiang que nos deja a todos helados. Pero helados de verdad. A todo esto se le une el tema del patrocinio: una chica sube al escenario en medio de cada actuación y va colocando a los músicos una gorra donde se lee “Orange”, la empresa de telecomunicaciones que se está haciendo de oro en Guinea Ecuatorial y que ha pagado la producción del Festival del Día de la Música en Malabo. Eso nos genera tensión, porque bajo ningún concepto íbamos a tocar con gorras o camisetas de “Orange”. Muy al contrario, Roberto se pone su camiseta de Fight the Power (Lucha contra el poder) y yo pienso en todos los soldados que están en la plaza armados con ametralladoras. Y me da la risa.
Entre medias, un grupito de niñas como de 4 ó 5 años me identifican (erróneamente) como Rodolfo Chikilikuatre, por ser blanco, tener barbita y gafas grandes. Flipan. Les bailo el baile del Chiki Chiki y flipan todavía más. Nada en el mundo va a convencerlas de que no soy el eurovisivo personaje, así que me lanzo de cabeza a la mentira piadosa.
Salimos a tocar tres canciones y se lía una muy bestia: la gente corea las canciones como si fuéramos Metallica o algo parecido. No lo entendemos, pero nos parece fenomenal. Personalmente, me parece el momento más emocionante que hemos vivido como grupo.
Nos vamos a celebrarlo al Naity. Más cervezas 33.

Domingo 22 de junio.
Nos levantamos y todo va mal: no hay luz ni agua en el hotel y yo necesito una ducha. Creo que en toda mi vida habré salido de casa sin ducharme un máximo de cinco veces y parecía que esa iba a ser una de ellas. El calor húmedo de Malabo, además, no acompaña. Pero estamos en África, pienso, y así son las cosas.
Vamos a casa de Eloísa, me ducho y noto que me descompongo por dentro. Se acaba el día para mí, que me lo paso tirado viendo películas y yendo al baño cada cuarto de hora. Los demás se van a hacer turismo por ahí. Unos chavales reconocen a Roberto y a Malela y les cantan el estribillo de A partir de ahora: “la, la, la, la, la, la, la…”.
Por la tarde nos vamos al Pizza Place, un sitio de blancos, a ver a final de la Eurocopa. Todo el mundo va con España (lo del síndrome de Estocolmo nacional me fascina) y nosotros nos vamos al aeropuerto sin haber terminado la segunda parte.
Nos despedimos de Eloísa y de Ricardo, con pena y con la esperanza de volverlos a ver. En la sala de espera del aeropuerto hay una pantalla plana que ya la quisiera yo para mi casa. Sintonizan el partido. Están en los penaltis. Ninguno de los cuatro es muy futbolero, pero cuando gana el equipo español Marc y yo nos abrazamos. Todo el mundo (aduaneros, policías, portamaletas, etc.) se abrazan y hacen corro y gritan. A Roberto, el menos futbolero y con una afección por España más bien exigua, todo le parece muy bizarro y graba todo con el móvil, porque nada de esto (como todo lo que nos ha pasado en este viaje) es fácil de explicar con palabras.

servido por un-disco-al-dia 7 comentarios compártelo

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

pablo

pablo dijo

Hola blanco!

me ha encantado, y a la vez me ha dado mucha envidia, leer esto. Desde luego la foto con los niños en el escenario y la anecdota de "hola blancos" son increibles.

un abrazo!

28 Julio 2008 | 11:43 PM

Ana Saturno

Ana Saturno dijo

Preciosa crónica, Pepo, tiene que haber sido una experiencia tremenda.

Pero no encuentro las fotos a las que se refiere Pablo, jo. En la web de Público sólo veo una. :-(

Un abrazo

31 Julio 2008 | 01:18 PM

pablo

pablo dijo

la foto de la que hablo me ha llegado por mail hace un par de semanas :S no sé si está colgada en algún sitio por ahí

31 Julio 2008 | 11:24 PM

Pepo M

Pepo M dijo

La foto de la que habla Pablo la mandé yo.
La colgaré pronto.

1 Agosto 2008 | 12:11 AM

Blanco

Blanco dijo

hubo penaltis en la final?

13 Agosto 2008 | 10:34 PM

Pepo M

Pepo M dijo

Blanco: confundí el partido. Fue los cuartos de final contra Italia.
Perdón. Creo que queda claro que no estoy muy puesto con el fútbol y que, además, me despisté mientras escribía esa parte.

14 Agosto 2008 | 12:30 AM

Blanco de nuevo

Blanco de nuevo dijo

jeje, era broma hombre!!
La verdad es que la historia es cojonuda, algo para no olvidar.

Un abrazo!

14 Agosto 2008 | 04:35 PM

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